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Pío Baroja
-Sí, señor.
-... y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y
exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien -y
Mingote levantó la voz con nuevos bríos-: el Anís Estrellado Fernández
corrige esta atonía; el Anís Estrellado Fernández, excitando la secreción
de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades, que
envejecen y aniquilan al hombre.
Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego
oratorio, Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuró
con voz natural:
Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera
bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?
-Sí, ayer enviaron dos.
-¿Y dónde están?
-Me las he llevado a casa.
-¿Eh?
-Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló
con todas, yo me he permitido llevarme éstas a casa.
-¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen a usted unas
botellas de anís magnífico para que venga otro con sus manos lavadas...
¡Dios de Dios! y Mingote quedó mirando al techo con uno de los ojos
extraviados.
-¿No le queda a usted ninguna? -dijo el amanuense.
-Sí, pero se me van a acabar en seguida.
Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto,
accionando con su junquillo e interrumpiendo con frecuencia su
discurso para lanzar un violento apóstrofe o una cómica reflexión.
Al mediodía, el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se
fue sin saludar ni decir una palabra.
Mingote puso una mano sobre el hombro de Manuel y, paternalmente,
añadió:
-Anda, ve a tu casa a comer y vuelve a eso de las dos.
Manuel subió al estudio. Ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda
la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones, y para
la una y media volvió a casa de don Bonifacio, y entre bostezo y bostezo
siguió poniendo nombres en las circulares.
A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto, o porque
en la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se
entregó a la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la
mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las
cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.
-No eres como mi amanuense -le dijo, halagado por las
manifestaciones de alegría del muchacho-, que no ríe mis chistes y luego
25
La lucha por la vida II. Mala hierba
me los roba y los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres
que escribe. Y no es eso lo peor. Lee.
Y Mingote le dio a Manuel un anuncio impreso.
Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía
así:
LA BENEFACTORA
AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON PELAYO HUESCA
Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de
Administración de La Benefactora lo forman los banqueros más
acaudalados de Madrid. La Benefactora tiene cuenta corriente con el
Banco de España.
En La Benefactora no hay cuota de entrada.
Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos,
dietas, entierros, lactancia, etc. Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta,
tres, cuatro y cinco pesetas. (Obras son amores y no buenas razones.)
Director gerente, Pelayo Huesca. Misericordia, 6.
¿Eh? -gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer-. ¿Qué te parece?
Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En
todo es así este hombre: pérfido como la onda. Pero, ¡ah!, señor don
Pelayo, yo le encontraré a usted. Si es usted un murciélago alevoso, yo le
clavaré en mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé
su concha. ¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no
se respeta la propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única
legítima de todas las propiedades?
Mingote no enseñó a Manuel una nota impresa al margen de la
circular. Era una idea de don Pelayo. En ella, la agencia se ofrecía para
servicios y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada,
se dirigía a los que deseaban conocer una mujer agradable para
completar su educación; a los que querían realizar un buen matrimonio;
a los que dudaban de su cónyuge, y a otros, a los cuales la agencia
ofrecía investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y
vigilancia de día y de noche, realizando todos estos servicios con una
delicadeza delirante.
A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado a
él.
-¿Ves? No se puede vivir -terminó diciendo-. Todos los hombres son
unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré. [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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